EL DUQUE

Él... A él le gustaba tumbarse en la cama con las manos anudadas detrás de la cabeza; pensar, jocosamente, que era el duque de Alba y que debía posar para que su escultural cuerpo fuera plasmado por la mano ágil de una tal señora de apellido Goya.
Preparó los sentidos para contemplar ,por undécima vez, la lámina de la Maja desnuda que se hallaba en una esquina de su enmarañado cuarto. Era como una especie de ritual. Antes debía concentrarse de forma adecuada para abarcar la belleza del susodicho cuadro, a pesar de tratarse de una reproducción barata. Sin embargo, ella sólo le servía como recordatorio de los trazos esenciales del original. Los verdaderos detalles, los contrastes, la forma de la pincelada permanecían dibujados dentro de su mente. Desde luego, cualquiera que se hubiera adentrado en su cueva frenética apenas hubiera reparado en el cuadro, por lo que habría deducido que era destinatario de un nulo interés. Y, sin duda, tal obvia apreciación habría sido errónea. El hecho de que ocupara tal lugar no era más que un modo de concederle una especial y secreta importancia. La belleza que le otorgaban sus ojos era tal que debía ser resguardada de miradas indiscretas, para no ser dañada. La conversación que establecía cada noche con aquella mujer maravillosa era, de tal intimidad, que protegía con especial celo el descubrimiento de la lámina por alguien ajeno. Al fin y al cabo, en última instancia, se trataba de una cuestión de guardar con pulcritud sus más profundos desvelos, desvelos que sólo eran conocidos por las personas dotadas de la sensibilidad suficiente para comprenderlos. Fijó sus ojos, de nuevo, en la lámina. Con las manos, imaginariamente, palpó las curvas frenéticas de aquel maniquí, su mirada maliciosa y soberana. Se sintió cautivado por la arrogancia de Goya al pintar tal cuadro, ya que era la primera vez ,en toda la historia española, que se sacaba a la luz un desnudo así, sin excusas, con tanta sensualidad y descaro. Se echó a reír al pensar en todos los esfuerzos de los pintores renacentistas para justificar la aparición de una mujer desnuda en sus obras. De repente, todos ellos convertían a vulgares féminas mortales en las más agraciadas diosas. Rió de nuevo.No era una mala excusa, desde luego, sino de una gran inteligencia. Fuera como fuese, a él lo que le emocionaba era la arrogancia del pintor, causa por la que había tenido problemas con la Inquisición. Le emocionaba esa concepción que él vislumbraba de artista adelantado a su tiempo. Y, como siempre, mentes como aquéllas habían sido temidas y tachadas, porque la incapacidad de sus contemporáneos por igualarlas sólo podía traducirse en intolerancia. A él, en los momentos de éxtasis (que eran los menos) le parecía que podría dejar su huella inmortal en el sendero de la historia; en los momentos más realistas, como aquél, se sentía un pintor que jamás llegaría a ser nadie, un mediocre que no conseguía finalizar la mitad de sus miles proyectos dada su nula constancia. Además, carecía de aquella arrogancia sana de sentirse un artista, de concebir que podía crear algo grandioso y de ser consecuente con ello hasta el final. Y más difícil aún le parecía pensar que alguien pudiera interesarse por su pintura, a pesar de que sabía que su técnica no era la de un principiante. Sin duda, el problema fundamental residía en empezar por él mismo, en verse como lo que quería ser, aunque todavía no hubiera dado más que los primeros pasos. Giró el cuello y se contempló en un pequeño espejo. Lo único que podía afirmar es que no podía vivir sin la pintura, sin expresarse como persona a través de ella. ¿Por qué no empezar aquel día?
Preparó los sentidos para contemplar ,por undécima vez, la lámina de la Maja desnuda que se hallaba en una esquina de su enmarañado cuarto. Era como una especie de ritual. Antes debía concentrarse de forma adecuada para abarcar la belleza del susodicho cuadro, a pesar de tratarse de una reproducción barata. Sin embargo, ella sólo le servía como recordatorio de los trazos esenciales del original. Los verdaderos detalles, los contrastes, la forma de la pincelada permanecían dibujados dentro de su mente. Desde luego, cualquiera que se hubiera adentrado en su cueva frenética apenas hubiera reparado en el cuadro, por lo que habría deducido que era destinatario de un nulo interés. Y, sin duda, tal obvia apreciación habría sido errónea. El hecho de que ocupara tal lugar no era más que un modo de concederle una especial y secreta importancia. La belleza que le otorgaban sus ojos era tal que debía ser resguardada de miradas indiscretas, para no ser dañada. La conversación que establecía cada noche con aquella mujer maravillosa era, de tal intimidad, que protegía con especial celo el descubrimiento de la lámina por alguien ajeno. Al fin y al cabo, en última instancia, se trataba de una cuestión de guardar con pulcritud sus más profundos desvelos, desvelos que sólo eran conocidos por las personas dotadas de la sensibilidad suficiente para comprenderlos. Fijó sus ojos, de nuevo, en la lámina. Con las manos, imaginariamente, palpó las curvas frenéticas de aquel maniquí, su mirada maliciosa y soberana. Se sintió cautivado por la arrogancia de Goya al pintar tal cuadro, ya que era la primera vez ,en toda la historia española, que se sacaba a la luz un desnudo así, sin excusas, con tanta sensualidad y descaro. Se echó a reír al pensar en todos los esfuerzos de los pintores renacentistas para justificar la aparición de una mujer desnuda en sus obras. De repente, todos ellos convertían a vulgares féminas mortales en las más agraciadas diosas. Rió de nuevo.No era una mala excusa, desde luego, sino de una gran inteligencia. Fuera como fuese, a él lo que le emocionaba era la arrogancia del pintor, causa por la que había tenido problemas con la Inquisición. Le emocionaba esa concepción que él vislumbraba de artista adelantado a su tiempo. Y, como siempre, mentes como aquéllas habían sido temidas y tachadas, porque la incapacidad de sus contemporáneos por igualarlas sólo podía traducirse en intolerancia. A él, en los momentos de éxtasis (que eran los menos) le parecía que podría dejar su huella inmortal en el sendero de la historia; en los momentos más realistas, como aquél, se sentía un pintor que jamás llegaría a ser nadie, un mediocre que no conseguía finalizar la mitad de sus miles proyectos dada su nula constancia. Además, carecía de aquella arrogancia sana de sentirse un artista, de concebir que podía crear algo grandioso y de ser consecuente con ello hasta el final. Y más difícil aún le parecía pensar que alguien pudiera interesarse por su pintura, a pesar de que sabía que su técnica no era la de un principiante. Sin duda, el problema fundamental residía en empezar por él mismo, en verse como lo que quería ser, aunque todavía no hubiera dado más que los primeros pasos. Giró el cuello y se contempló en un pequeño espejo. Lo único que podía afirmar es que no podía vivir sin la pintura, sin expresarse como persona a través de ella. ¿Por qué no empezar aquel día?

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